La calidad de la terapia farmacológica, como toda atención sanitaria, ya no puede medirse únicamente en términos de resultados clínicos, sino que ha de hacer referencia también a los aspectos económicos y humanos.
Los resultados clínicos se centran en la determinación de la eficacia y el perfil de seguridad de los medicamentos. La eficacia se conoce por el ensayo clínico, aunque también existen otras fuentes. El perfil de seguridad en cambio se establece tanto en estudios precomercialización en animales de experimentación y humanos, como a posteriori de la puesta del medicamento en el mercado mediante la vigilancia epidemiológica.
Los resultados económicos los mide la farmacoeconomía. Se define como la determinación de la eficiencia de un tratamiento farmacológico y su comparación con la de otras opciones, con el fin de identificar aquella que tenga la relación coste/eficacia más favorable. Constituye un instrumento imprescindible en el proceso de selección de medicamentos.
Los resultados humanos incluyen la medida del impacto de diferentes tratamientos sobre la calidad de vida del paciente. Dado que este concepto es muy inespecífico, su valoración global no es útil para medir diferentes alternativas terapéuticas. Por este motivo, existen medidas específicas como las denominadas de calidad de vida relacionadas con la salud que son más apropiadas para evaluar el resultado de la atención sanitaria ya que valoran aquellos aspectos de la vida del paciente específicamente ligados a su bienestar físico y mental.


