
Los corticosteroides son los fármacos más eficaces para el tratamiento del asma bronquial. Según su acción se clasifican en inhalados y sistémicos; estos últimos se reservan para el tratamiento de los cuadros agudos de asma. Los corticoides inhalados han demostrado que son excelentes antiinflamatorios: reducen las secreciones bronquiales y el edema en forma similar a los corticoides sistémicos pero con una disminución significativa de los efectos adversos. Su rápido metabolismo y absorción asociados con una alta afinidad de los receptores de corticoides del pulmón, determina que los corticoides inhalados tengan una relación riesgo-beneficio muy superior que los corticoides sistémicos.
El mecanismo de acción de los corticoides consiste en la supresión de numerosas citocinas relacionadas con el reclutamiento de células e inhibición de mediadores inflamatorios con la consiguiente reducción de la inflamación. La disminución de la hiperreactividad bronquial y el aumento de la respuesta a los beta 2-adrenérgicos son otros de los efectos atribuidos a los corticoides. Los consensos actuales recomiendan comenzar con corticoides inhalados como tratamiento de primera línea en pacientes con asma cuyos síntomas ocurren con más frecuencia que uno o dos veces por semana.
La intervención temprana con corticoides inhalados se muestra ser más beneficiosa sobre la función pulmonar y el control del asma que el uso aislado de beta 2 adrenérgicos. El primer corticoide inhalado que apareció en el mercado fue el dipropionato de beclometasona, luego le siguieron la flunisolida y por último el propionato de fluticasona.

