Durante cientos de años se sostuvo que el útero era un santuario para el feto y que la placenta actuaba como una barrera que lo protegía de diferentes agresiones. En el siglo pasado este concepto fue puesto en duda cuando se observó que las mujeres que contraían rubéola durante el primer trimestre del embarazo frecuentemente tenían hijos con defectos cardíacos, oculares o auditivos.
Desafortunadamente hasta el día de hoy, las advertencias sobre la vulnerabilidad del desarrollo del feto a los agentes externos no siempre son tenidas en cuenta, especialmente a la hora de indicar medicamentos durante la gravidez.
A pesar de la tragedia provocada por el uso de talidomida en los sesenta (que llevó a introducir mayores niveles de control en la fabricación, venta, oferta y comercialización de medicamentos, aún hoy se sigue observando un uso indiscriminado e irresponsable de medicamentos durante el embarazo.
Por lo tanto al hablar de santuario cuando nos referimos al útero, o de barrera cuando nos referimos a la placenta, implica que estamos usando términos falsos que conducen a ideas y conductas ciertamente peligrosas. Debería considerarse que todos los fármacos son capaces de atravesar la placenta y llegar al feto en mayor o menor grado, con la sola excepción de algunos iones orgánicos grandes como son la heparina y la insulina.


